Febrero, 2

Como he dicho, la poesía se ha convertido casi en un diario para mí, por lo que voy a ordenarla por el día en el que la escribí.

Más que poemas, me gustaría llamarles latidos, pues son lo que significan para mí.

La razón más importante para llamarles de esta manera es que son quienes se encargan de mantenernos vivos, de hacer que todo funcione.

Nacen  en el mismo lugar que mueren: en el corazón; son breves, y lo más importante, son los que nos dan la vida.

Son mis sentimientos en su estado más puro, y espero que os hagan sentir lo que yo sentí cuando los escribí y lo que sigo sintiendo cada vez que los leo.

Comenzamos con las tres primeras poesías:

 

“Al son de los cipreses se mece su aurea melena,

distante pelea entre pensamientos convalescientes,

absorta en sus pensamientos, de mirada ausente,

gestiona con mano de hierro su pena.”

 

 

“Un pedazo de metal

y una cerilla,

bebe un sorbo de vino,

un cristal raja sus venas.

Vive su propia muerte,

muere de pura pena.

Vive porque muere,

rata de alcantarilla.”

 

 

“El viento helado corta su cara,

un cartón cubre sus piernas,

una caja es su compañera,

todos le miran sin ver nada.

 

La botella nubla sus pensamientos,

su mente siempre atormentada,

su existencia es desgraciada,

ahoga en alcohol sus lamentos.

 

Gran suerte será la suya,

Si no muere esta madrugada.

Si con gasolina queman su cara,

solo le importa a la luna.

 

La sociedad le da la espalda,

mejor mirar para otro lado,

donar comida es en vano,

si es a quien no le queda nada.”

 

Volveré…

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